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Eddy estaba pegando unos folletos por las farolas, escaparates y paredes de la ciudad. Algunos curiosos se acercaban a mirar el papel, y se interesaban por aquellas "Clases de Alquimia" que el tal Profesor Eddy proporcionaba a todo aquel que quisiera apuntarse. El joven, que no tendría más de veintiséis o veintisiete años, era alto, con unos ojos pequeños pero con una mirada penetrante. Sus ojos eran del color del cielo encapotado, y parecia que de ellos fuera a desencadenarse una tormenta. Pero en cambio, tenia unas pestañas muy largas, lo que le daba un toque de ternura a aquella mirada.
Había una chica que contemplaba, de lejos, los carteles que aquel tal profesor colgaba por la ciudad. Caminó despacio a lo largo de la calle cuando el joven se alejaba, arrancó uno de los carteles y lo guardó en el bolso. Supiró y hundió sus pensamientos en un profundo silencio, acompañado de un estremecimiento al sumergirse en algunos recuerdos.
La atmósfera era húmeda y había cierto bochorno en el ambiente. Llevaba así varios días, pero no parecía descargar nunca. Era como si la ciudad se hubiese sumido en un nubarrón de aguas muy frías, de angustias muy cálidas... Como el nubarrón que se cernía en la mente de la joven.
Otro día más... no, esta vez las cosas cambiarían.
Mientras tanto, Eddy seguía colgando carteles. Tenía el pelo rubio y corto, peinado a la moda de la ciudad, y su apariencia era bastante juvenil... realmente se conservaba bastante bien.
Levantó los brazos para colgar uno de los carteles en un poste muy alto, que daba a los escaparates de una boutique. Su cuerpo no era muy musculoso, pero estaba bien denominado; llevaba una chaqueta vaquera sin mangas, con una camisa blanca debajo, también sin mangas; y unos desgastados pantalones vaqueros, con un cinturón y unos zapatos marrones que combinaban perfectamente.
La chica seguía alli, contemplando sin nada que decir a Eddy. Se quedó quieta, como hipnotizada o perdida entre sus pensamientos... mirando cómo seguía colgando los carteles uno tras otro y entonces se fijó en sus claros ojos. Tenían cierto misterio... parecían haber visto mucho dolor. Sin embargo, tenían cierta chispa que los volvía a penas verdes... como la propia esperanza. Un optimismo que era real y se podía tocar... Pero sólo era un efecto óptico.
La chica dio unos pasos para apoyarse junto a un escaparate de una tienda de pasteles, y antes de volverse, echó un vistazo a su reflejo y se pasó los dedos por su largo y oscuro pelo, para colocar mejor el flequillo que cruzaba su frente. Su piel era muy clara a contraste con ese oscuro pelo. No era ni muy alta, ni muy baja; tenía un cuerpo bien constituido para sus recién cumplidos veinte años...
Sus ojos eran grandes, era quizá lo que más destacaba de su cara. Tenía una mirada profunda, un toque místico con aquellos ojos que cambiaban de color... y recitaban toda la gama completa que existiera de los verdes.
Tenía cara de niña y de mujer a la vez, todo dependía de aquella mirada, del juego de sus labios, de la inquietud de su cuerpo. El viento sopló y se cruzó de brazos, protegiéndose del frío.
No quería irse, pero...
Eddy se quedó sin carteles, había cubierto toda la barriada. Así que decidió volver a su casa, que se encontraba dos manzanas más abajo. Vivía en un pequeño ático que estaba compuesto por una sola habitación, que a su vez hacía de dormitorio, comedor y salón. Lo único que estaba independiente era el cuarto de baño, en una habitación pequeña de la esquina, y la cocina, que realmente sólo estaba cubierta por un medio muro hecho de cristal.
A pesar de vivir en un lugar tan modesto, su casa era uno de los lugares más acogedores de la ciudad. Quizá... quizá porque su casa reflejaba tal y como era su personalidad.
Puede que fuera sencillo, puede que no estuviera cubierto de lujos y apariencias... pero transmitía sensaciones, vivía emociones, compartía su mundo... Y te hacía estar en casa.
Simplemente, Eddy se limitaba a coger la vida de frente, y simplificaba las cosas. Necesitaba conocer la situación, estudiarla y controlarla. Así su vida se hacía mucho más sencilla, y los problemas eran auténticos retos de superación para él.
Abriendo al mundo sus conocimientos, lo que más apreciaba en la vida... su... Alquimia, era una forma de salir de su burbuja y conocer otros puntos de vista. Instruir mentes, conocer mentes, aprender... Y, de paso, salir de sus no tan modestos problemas económicos.
Pero se tomaba la vida con calma, no vivía los días nunca de la misma manera. Su rutina era la anti-rutina, y eso le encantaba. Imaginaba la vida de la forma que le gustaría que fuera... y vivía como si así fuese. De hecho, ese era uno de sus cánones. Que, como rige la alquimia y todo su universo, la mente lo controlaba todo... y como buen controlador de sí mismo y de su propia vida, ¿cómo iba a faltarle tal capacidad? ¿tal... PODER?
Poca gente tenía esta creencia... y amargamente pensaba a veces que tenían razón. Que a veces no era fácil... creer. Pero eso es porque a veces olvidamos quiénes somos... para convertirnos en personas que no queremos ser.
De todos modos, normalmente no acostumbraba a disgustarse por estos pensamientos. De hecho, pocas cosas lo conseguían. Una de sus mayores características era que... ¿pasaba de todo? Sí, realmente era un personaje peculiar, puesto que no le daba importancia a nada que no mereciera especial atención. No hacía dramas, no desencadenaba comeduras de cabezas ni entramados laberintos mentales. No, como digo... si no lo merecía. ¿Para qué preocuparse de problemas tan triviales... que no tenían solución? Había días en que se comería el mundo. Muchos días... su optimismo estaba bañado en oro, y su presencia brillaba a cada paso que avanzaba en su vida.
La chica salió de su ensimismamiento, y miró el reloj. Se percató de que se había quedado sola en la calle y que el gentío se había marchado a sus negocios, sus trabajos y ocupaciones. Era aún muy temprano, pero si no se movía podría acabar sin sus propias ocupaciones, así que salió a pie ligero de aquella avenida en dirección a su trabajo.
Se encontraba en una calle muy pequeña y poco concurrida. El antiguo suelo adoquinado estaba cubierto de viejos papeles de propaganda y algún que otro charco. Ni el demonio pasaría por allí tan temprano... pero había que abrir.
Llevaba trabajando en aquel local desde los diecisiete años. Lo que venía a ser desde que se había independizado. Trabajaba como mensajera llevando paquetes y mercancías de aqui para allá. No ganaba demasiado, pero sí lo suficiente como para mantenerse a sí misma. Además, aunque muy harta de ese trabajo, el dueño de aquel lúgubre local le tenía cogido cariño desde hacía años. No le agradaba mucho lo que hacía, pero no conocía... otra cosa.
Y realmente... no estaba tan mal. Viajaba mucho y conocía a mucha gente.
Tenía muchos amigos, pero la mayoría vivían lejos de allí...
A veces soñaba con irse muy lejos y encontrar su verdadero hogar. Pero daba lo mismo donde estuviera, su hogar estaría donde hubiese un poco de calor... y las personas que ella quería.
―¡Chloe! Qué temprano, ¿ya vas a abrir? ―una vecina que vivía dos calles más abajo se había acercado con hocico fisgón hasta donde se encontraba ella. ―¿Siempre abrís a esta hora? Y oye, por cierto... ¿qué ha sido de esa amiga tuya... hmm... Sinead, no es cierto? ¿Ha cambiado de trabajo?
Chloe, que así se llamaba la chica, hizo una mueca y no supo qué contestar. Ni siquiera había abierto la boca para saludar lo más educadamente posible cuando esa mujer la había atropellado con... como cuatro o cinco preguntas en un momento. Se imaginaba que pasaría... que sería cuestión de tiempo que la gente empezara a hablar.
―Pues no, señora Mina... ―sonrió a duras penas― no sabemos nada de ella, simplemente abandonó y nos está costando un poco recuperarnos. Como ve, no hay muchos que se atrevan a aceptar un trabajo como este ―estuvo a punto de citar los detalles “mal pagado”, “peligroso” y “desalentador”, pero prefirió cerrar la boca a sabiendas de que no sería la única persona que lo acabaría sabiendo.
―Pero algo le ha debido de pasar ¿no crees?... ¿Tenía novio? A veces le veía con un señor apuesto, pero era algo mayor para ella... además no era la única chica que vi con ese hombre, ya que...
―Me encantaría seguir charlando con usted, pero me temo que tengo mucho trabajo y muchos paquetes por clasificar ―volvió a esbozar esa triste sonrisa forzada― todos estamos preocupados por ella, además... era una de mis mejores amigas y...
Pero la señora Mina ya no la escuchaba, estaba absorta en sus cotilleos y algunas vecinas del lugar se habían sumado a la charla.
Cansada de la nimiedad de sus comentarios, entró en el local sin decir nada, ya que nadie notó que se había escabullido tras el tintineante sonido de las campanillas que había encima de la puerta de la oficina.
Eddy había estado comiendo en la terraza de un bar que había abajo de su casa. Una vez hubo pagado, se levantó y arrimó la silla a la mesa, absorto en la cantidad de cosas que no tenía que hacer. Lo cierto es que llevaba una temporada inmóvil... Como si su tiempo se hubiese parado, y sólo podía esperar a que las circunstancias... se acomodaran a los hechos. Era como si no hubiese tenido una buena mano de póker, y ahora tuviera que esperar a la próxima partida. Pero el destino era lento, y la jugada se estaba retrasando... lo que le acababa volviendo loco, ya que no soportaba la espera. Se acomodó las manos en el bolsillo de la chaqueta, y notó el tacto arrugado del papel. Se acordó que debía de enviar una carta a un viejo amigo, y guió su rumbo hacia la oficina de mensajería.
El cielo ya no estaba tan encapotado como aquella mañana, una suave brisa descendía ligera y perfumada por las calles de Sevilla y a lo largo del mediodía se había ido coloreando el cielo de un tono más azul. Pronto los naranjos estarían en flor... y traerían los aromas del azahar y sus bellos matices blancos, sus pétalos adornando los árboles de cada avenida. Pronto las nubes se desvanecerían de su día a día... y sería momento de emprender planes nuevos.
Pero aún era invierno, y el futuro era incierto.
Tras andar unos minutos, llegó a la puerta del destartalado local. Y es que... realmente estaba hecho un asco. Tenía algunos tablones pegados a un sucio escaparate de una pared desconchada y llena de mugre. La pintura se caía a pedazos... y los canalones que había por encima del edificio estaban atascados y llenos de hojas y polvorosa suciedad.
El joven rubio cruzó la puerta mientras sonaba el pequeño ruido de unas campanas colgadas en el techo. A paso firme y decidido, aunque escudriñando un poco antes a su alrededor, se acercó al mostrador.
―Buenas tardes ―dijo la calmada voz del rubio.
Chloe salió de un pequeño despacho donde estaba esperando a su jefe, y entonces reconoció a su cliente. Era el mismo enigmático profesor de alquimia que había visto esa misma mañana... y por fin podía observar aquellos ojos de cerca.
―Buenas tardes ―le atendió con una sonrisa. Realmente estaba disfrutando de aquel encuentro...― ¿En qué le podría ayudar?
―Eh perdone... querría enviar esta carta. Es urgente.
―Claro... ―frunció el ceño y cogio la carta y la miró. Mas no veía el arrugado sobre, sino que estaba pensando... ―pero tenemos un pequeño problema.
Eddy giró su cuello para ver por detrás de la puerta. Hacía un día primaveral, la brisa apacible seguía removiendo las hojas de los árboles y en la calle se estaba totalmente apetecible.
―¿Qué problema? ―inquirió él.
―Mi superior no ha aparecido en toda la mañana y no puedo localizar otros carteros... Hoy la cosa está un poco caótica―sonrió tímidamente y se mordió el labio inferior― Podría ir a enviarla yo misma ya que es de urgencia, aunque esto se iba a quedar solo.
―Bueno... esta carta esta dirigida a Londres. ―dijo Eddy mientras la miraba con una ceja levantada, ella contemplaba con inquietud el polvo que se arremolinaba en los rincones del local...
―Oh, bueno... ―La chica no había reparado en la dirección del destinatario.
―¿Es capaz de llegar alli en el tiempo antes de que cierre el local? ―dijo con tono divertido.
Chloe empezó a reir y descargó parte de la tensión que tenía acumulada mientras Eddy soltaba también una pequeña carcajada simpática.
―Si esperas un segundo, puedo intentar llamar alguien ―y dicho esto, Chloe se metió en el despacho con la carta de Eddy en la mano, no sin antes dedicarle un discreto guiño al chico.
Eddy siguió sus pasos con la mirada... y susurró para sí mismo: «Dios... qué ojos...»
Chloe comenzó a marcar el número de Augusto, su jefe. Menuda iba a ser la reprimenda... Aunque ella era sólo una empleada más, a veces parecía que tenía que resolver ella sola los problemas de aquel desastre de oficina...
Al salir de nuevo del despacho, frustrada por la ausencia de aquel hombre que sólo ostentaba el nombre de Jefe (porque las funciones... parecía que se las pasaba por alto) puso la carta de su cliente en el mostrador...
―No me contestan... Dios, no sabes cuánto lo siento. Esta oficina es un desastre. ―Resopló y se echó el pelo hacia atrás con la palma de la mano y apoyó los codos en el mostrador de madera.
―Tranquila. Puedo esperar ―dijo Eddy con el semblante tranquilo y le sonrió.
Chloe se fijó en esa sonrisa... y bajó la cabeza, pensando en posibles soluciones. Realmente le importaba hacer bien su trabajo, y no soportaba la idea de defraudar a nadie. Siempre había sido entregada en su trabajo, pero... esto ¿tenía algo diferente? ¿había realmente algo en ese chico que le hiciera preocuparse aún más? Desechó esas ideas de su cabeza, decidida a centrarse en que había un problema, y dicho contratiempo podía arruinar los planes de aquel cliente. La culpa podría ser, perfectamente, de ella misma. Y esa no era la política de su trabajo...
―Bueno... ―Eddy rompió el silencio y ella temió que fuera a marcharse.― y si esto es tan desastre... ¿por qué trabajas aqui?
Ella no contestó enseguida, reflexionó sobre su pregunta. Esa misma que ella a veces se preguntaba muchos días. Y escogió algunas palabras que no le parecieron suficiente...
―Bueno, digamos que esto es un segundo hogar... ―dijo no muy segura― Llevo trabajando aqui casi tres años y nunca me he planteado buscar algo mejor. ―suspiró ― bueno, como plantearmelo... está ahí. Pero realmente uno no se deshace de algo tan grande en dos días. Como ya digo, es un hogar... aunque cada vez más destartalado.
―Ya... no está en las mejores condiciones. Veo que hay pequeñas grietas por aqui... ―Eddy miró la pared de su izquierda, que tenía una profunda y preocupante gran grieta.― pero todo esto tiene solución...
En ese momento, un hombre robusto de unos casi cincuenta años y de un peso algo elevado, entró jadeando a la tienda. Llevaba un fajo enorme de desordenados papeles en una mano, y un gofre recubierto de melaza en la otra.
Los documentos que llevaba en la mano izquierda se iban cayendo a su paso, pero parecía importarle más que se derramara el contenido de su dulce. Eran cartas, grandes sobres marrones, permisos del negocio y documentos firmados. Todo estaba en muy mal estado y tenía varias manchas de café y de chocolate... Eddy se preocupó un poco por el estado de su carta, y si llegaría algún día a su destino.
―¡Al fin! ―exclamó la morena mirando con reproche a Augusto, el hombre que acababa de entrar en la oficina.
―Oh, buenas tardes. ―Saludó educadamente Eddy.
―Perdóname, niña. No sabes cuánto lo siento... ―soltó todos los papeles y se secó el sudor de la frente con la manga ―hace un día muy caluroso... ¡oh! Buenas tardes, discúlpeme. ¿Está bien atendido...?
―Por desgracia no, y no por falta de voluntad... ¿se puede saber dónde has estado? ―Chloe, con el ceño fruncido, apoyó el brazo en el mostrador de manera intimidatoria mientras Eddy contemplaba la discusión de aquellos dos personajes.
―Eh... no es el momento de hablar de eso. Tenemos clientes ―sonrió al desconocido de su tienda. ―Buenas tardes ―saludó de nuevo. A veces no recordaba las cosas que había hecho y las hacía una y otra vez. Chloe a veces pensaba que quizá se olvidaba de que había almorzado y pasaba días en los que almorzaba hasta siete veces. Pero eso eran pensamientos un poco crueles... que no dejaban de ser divertidos, a juzgar por la oronda barriga de su jefe.
―Buenas tardes, yo solamente quería... eeehm... ―Eddy casi se olvidaba de lo que quería por culpa de esa chica... Esos ojos... ―Ah, entregar esta carta.
―No te preocupes ―le sonrió la chica, que cogió con cuidado la carta, salió de detrás del mostrador y fue a explicarle, con cierto recelo, la situación en la que estaban a su jefe.
Eddy se quedó donde estaba y les miró susurrar y hablar con preocupación. Se rascó la cabeza con inocencia...
―Así que Londres... ¿¿eh, muchacho?? ―dijo Augusto rascándose su mal afeitada barba.
―Un viejo conocido es de allí ―dijo Eddy. Augusto se siguió rascando la barbilla de su pintoresca cara redonda... ―Supongo que podría coger un barco hasta allí... o incluso un avion, ¿no?
―Hmmm... ―Augusto seguía pensando. ―voy a llamar a la central.
Entonces desapareció rápidamente metiéndose en su despacho. Intentó cerrar una puerta que... no había. Siempre se olvidaba de que tenían una breve cortinilla porque el presupuesto no daba para más. Un día él mismo se había cargado aquella puerta con una de sus torpes manazas.
Chloe suspiró.
―No le hagas caso. No hay central... ―rió con timidez.
Eddy empezó a reirse sonoramente, asombrado por aquellos extraños personajes. Su risa la contagió a ella aún más y ambos se miraron risueños.
―Haremos lo que podamos. ―dijo la chica aún entre risas.
―Ah, como te dije antes de que llegara tu jefe... ―Eddy empezó a rebuscar en los bolsillos de su chaqueta.― las grietas de este lugar tienen arreglo. Observa...
El rubio sacó una pequeña tiza blanca del bolsillo ante la mirada perpleja de la chica. En un punto medio de la grieta, creó un círculo, y en su interior dibujó numerosos trazos delimitados por una estrella de seis puntas.
Chloe frunció el ceño y se acercó más a contemplar aquel extraño símbolo.
―Esto se llama Círculo de Transmutación. Ahora, fíjate...
Eddy apoyó su mano sobre el círculo, y de él emanó una brillante luz azul. El joven contempló cómo esa luz se extendía por toda la grieta, haciéndola desaparecer gradualmente. Cuando no quedó rastro de ella, sonrió.
―Alquimia...
Chloe lo miró entre asustada y maravillada. Realmente, se había quedado sin palabras.
»¿Tienes miedo? ―él arrugó la frente. ―¡¡Tranquila!! Es totalmente inofensivo... No soy ningún mago ni nada de eso.
Eddy se rascó la cabeza sonriendo y vio que la chica no sabía o no podía decir nada.
―Es sólo una ciencia que... se basa en conocer los elementos y átomos de lo que nos rodea, y aprender a descomponerlos, para luego recomponerlos en algo nuevo.
Chloe, intentando capturar y comprender aquellas palabras, se sorprendió de nuevo contemplando aquella embriagadora sonrisa... y asintió con la cabeza.
Se cruzó de brazos y se quedó mirándolo, pensativa...
―Parece interesante... ―a penas susurró ella.
―Bueno bueno. ―Augusto hizo su entrada de nuevo en la oficina.― ¿qué es eso tan interesante? ―inquirió Augusto, curioso y divertido. ―Muchacho, ya tenemos mensajero.
Augusto sonreía desde su deleitosa felicidad tras sus ojos entrecerrados. Eddy guardó la tiza en el bolsillo de su chaqueta.
―¡Me parece bien! ―dijo el rubio― ¿Quién lo hará?
―He localizado a una vieja amiga de Chloe, Sinead ―dijo el enorme hombre, sacando pecho (si es que podía sacar más).
Chloe giró rápidamente el cuello hacia su jefe al oir ese nombre. Tanto, que se hizo daño..
―¡¿Cómo y dónde la has encontrado?! ―dijo exaltada. Eddy miraba de nuevo aquel intercambio de diálogos intrigado.
Augusto sonreía mientras cogía la carta de su joven cliente. Pero no dijo nada.
―¡Por todos los santos! ¡qué tarde es! ―el hombre se atusó el bigote mientras miraba un destartalado reloj que habia en el centro del local y dio unas zancadas hasta la puerta.
―¡Espera, espera! ―demasiado tarde, su jefe habia desaparecido de la tienda con la carta... Y ella se había quedado allí de pie sin respuestas.
―¿Qué pasa? Sinead... ¿quién es? ―preguntó Eddy confuso a la vez que intrigado por aquella reacción en ella.
―Este reloj ni siquiera funciona desde el mediodía... ―acercándose al gran reloj, le dio unos golpes frustrados con la palma de la mano, pero no logró nada. Eddy esperó.
»Es una amiga mía de hace unos años. Trabajaba aqui conmigo, pero hace mucho que no se sabe nada de ella. Desapareció... sin más.
―Pues parece que tu jefe sí que lo sabe... ―dijo él sin alzar demasiado la voz. ―Por cierto, encantado de conocerte, Chloe... Mi nombre es Eddy.
Eddy sonrió y cerró un poco los ojos de forma cortés. Chloe lo miró divertida y sonrío también, miró al suelo un instante, y dirigió de nuevo su mirada hacia sus claros ojos.
―Encantada pues. ―dijo la morena. Él le tendió la mano y ella la aceptó sonriendo, con intención de estrecharla.
Eddy le besó la mano, y ella reía divertida ante su cortés gesto. Entonces... con una ceja alzada y media sonrisa, le examinó de forma especial.
―¿Sabes...? Te vi esta mañana. No sabía que hubiera alquimistas en esta ciudad, ni mucho menos que impartieran clases. Lo cierto es... que me ha impresionado bastante lo que has hecho en las grietas... me has traído a la memoria recuerdos en los que me costaba pensar...
―¿Qué clase de recuerdos?
―Tiene una historia muuuuy larga, y no quisiera aburrirte ―sonrió la chica abiertamente entrecerrando uno de sus ojos. Entonces se volvió hacia el reloj de nuevo y se llevó una mano a la cabeza ―Habría que arreglar este viejo reloj... no es muy profesional tener un reloj averiado en una oficina de correos.
―Déjamelo a mí ―Eddy posó las manos sobre el reloj y, sin hacerle falta ningún círculo de transmutación, el reloj se bañó instantáneamente de un resplandor azul y luego comenzó a funcionar. Con una sonrisa tranquila en el rostro, concluyó: ―Está hecho.
―Vaya ―Chloe sonrió, esta vez sin asustarse. ―Eres bueno...
―Gracias ―dijo con aquella sonrisa. ―Bueno, estoooo... Supongo que entregada la carta... pues yooo... ―comenzaba a ruborizarse.
Chloe borró sin querer su sonrisa... y apresuradamente dijo:
―Eh... ¿y qué te parecería si vamos a tomar algo...? ¿Un café? Cierro turno... ―soltó ella mordiéndose el labio.
―Pues... bueno... me parece fenomenal ―dijo Eddy con media sonrisa.
Chloe cogió su bolso y las llaves del local. No se creía el acopio de seguridad (¿o era algo impulsivo?), que había hecho. Eddy esperó fuera mientras cerraba y contempló el cielo. Observaba que estaba totalmente despejado, pero sabía que...
―Date prisa, va a caer una tormenta...
Chloe algo nerviosa, salió a la calle notando la apacible temperatura.
―¿Tormenta? ―Chloe miró al cielo perpleja y no pudo evitar reir un poco. ―Está todo despejado, hace un día perfecto ―sonrió.
Eddy sólo sonríe...
―Será mejor que nos demos prisa, ahora lo verás. ―decía él con cierta prisa. Chloe, aún perpleja, asintió lentamente.
»Sígueme, podemos ir a una cafetería muy buena que conozco, y esta bastante cerca...
―Como quieras.
―¿Te parece bien? perfecto, vamos.
Chloe se puso en camino, aunque era difícil ya que Eddy caminaba a un paso bastante acelerado. Estaba resultando ser una persona bastante peculiar... y le intrigaba en medida de lo que le atraía y asombraba su forma de ser. Un par de manzanas más adelante, se metieron en una luminosa cafetería de una esquina.
―Eh, Jerry, ¡¡¡traeme un café irlandés!!! ¿y para la señorita...? ―le miró, con esos ojos. Con esas pestañas que le daban aquel toque encantador...
―Eh, un café cortado... ―dijo ella a duras penas.
―¡Un cortado de café! ¡¡¡Rápido!!! ―apremió él.
Eddy vio cómo Jerry le saludaba formalmente e inmediatamente le traía los dos cafés.
―Vaya, ¿vienes aqui a menudo por lo que veo, no? ―dijo ella contemplando las mesas y el reluciente suelo del café.
―Sí, soy un cliente habitual.
Eddy se sentó al lado del gran ventanal que daba a la calle, en una pequeña mesa para dos y Chloe le siguió enseguida y se sentó enfrente de él. Los ojos verdes de la chica estaban muy claros, lo que siempre significaba que estaba algo nostálgica. Contempla el claro cielo del exterior y la suave brisa que se estaba levantando...
Eddy la miró, y después dirigió su mirada también hacia el exterior; comenzaba a ver las primeras gotas caer sobre el cristal, mientras empezaba a ennegrecerse el paisaje.
―Las tormentas comienzan de un momento para otro. Su extrema rapidez es increíble... ―dice él, volviendo la vista hacia su café.
―No es posible... ―Chloe seguía observando fuera, cómo el paisaje era cada vez más gris. De pronto, se oyó un lejano rumor que proclamaba tormenta...
Entonces se empiezó a escuchar el sonido del agua caer violentamente sobre las ventanas y el asfalto, y el sonido de unos estruendosos truenos en el fondo.
―Lo que te dije... la tormenta viene sin avisar. Como el sufrimiento y el llanto del mundo... ―sonrío, y mantuvo una pequeña y corta pausa. ―bueno, ¿y qué tienes que ver con la alquimia?
―Pues... ―Chloe suspiró despacio mientras Eddy le daba un trago a su café― verás. Mi padre era alquimista... un alquimista de los grandes. Pero era... demasiado soñador. Siempre pensaba que había una forma de hacer cosas, conseguir cosas, como si realmente hiciera magia. Y como si no le costara ningún esfuerzo.
―Aham... ¿y dónde está tu padre ahora? ―Eddy pensó que, si había sido un alquimista portentoso, quizá hasta le conociera... ¿Y si el destino hubiese querido crear este encuentro? ¿Y si esta no fuera una simple chica... entre tantas otras de su lista?
―No sé nada de mis padres, perdí el contacto supongo.
―Oh, lo siento...
―Algunas veces le pregunto a Augusto si los ve bien... él es un viejo amigo suyo, ¿sabes? ―le sonrió brevemente. ―los defraudé, porque mi padre quiso inculcarme los conocimientos de la alquimia, y yo los renegué. Nunca me he sentido capaz...
Eddy agachó la cabeza, miraba fijamente a su café.
»No quise estudiar algo que me diera miedo, ¿comprendes? Algo que no entendía... ―bebió un sorbo de su café, que llevaba por la mitad. ―así que me marché de casa, y aquí estoy... ―dijo sonriendo con cierta timidez. Realmente se sintió idiota contándole todo aquello... ya que la apariencia de su historia era bastante absurda. Pero a veces... a veces el mundo no te da tiempo a pensar, y actúas... lo más rápido posible, para no tener tiempo de arrepentirte por no haberlo hecho. Así había sido, por ejemplo, cuando había invitado al chico a tomar un café. Los impulsos a veces nos salvan del resquemor de no haber hecho lo que en ese momento más deseábamos... Pero esas cosas estaban en el corazón, y si no las habías vivido... no las podías explicar.
Eddy le sonreía tranquilizadoramente.
―¿Sabes? Quizás fuera una decisión estúpida, pero lleva grandes cantidades de cordialidad.―dijo él, totalmente en serio.
―Sí, bueno... a veces me arrepiento, ¿sabes? A veces me gustaría haber afrontado el miedo. Por mí misma. Como reto personal.
―Bueno... puedes conseguir ese reto. ―dijo él. ―Me has visto colgar carteles... ¿qué tal si vas a mis clases? No son muy caras...
―Pues... ―Chloe no sabía muy bien qué pensaba.
―¡Pero qué digo! Bueno, siempre que quieras, aqui me tienes... ―dijo Eddy. ―Para ti, mis conocimientos son gratis ―le sonrió amistosamente.
La tarde transcurría apaciblemente en aquel acogedor café, con la lluvia de fondo, una buena compañía... una agradable y amena conversación. Era genial coger esa confianza con alguien de aquella forma.
»Mira... la alquimia es muy básica, pero muy complicada a la vez...
―Imagino... ―Chloe apoyó el codo sobre la mesa mientras se pellizcaba la ceja derecha entre los dedos índice y corazón.
―Realmente llevo cerca de veinte años estudiando alquimia ―dijo Eddy, y por un momento a Chloe se le pasó por la cabeza preguntarse cuántos años tendría él. O cuántos aparentaba... ―y todavía me quedan muchos secretos que descubrir y que irán saliendo... Si no, no sería una ciencia.
―Pareces un chico joven, ¿veinte años estudiando? ―Chloe había esperado a la pausa para resolver sus dudas.
―Leí mi primer libro de alquimia a los seis años, y mis primeras transmutaciones comenzaron a los... ocho.
―¡Anda! Un chico precoz... ―sonrió ella mirándole con interés. ―Debes llevar una vida interesante...
―No lo creas. ―dijo Eddy. ―Me he pasado años convirtiendo pequeñas piedras en absurdas figuras rudimentarias. Para convertir unas cosas en otras todavía me hacía falta estudiar bastante sobre la vida... y sobre la Ley de Intercambio Equivalente.
―Ajá... de eso, algo he leído.
―Es una ley bastante universal, no sólo está aplicada a la alquimia. ―Eddy se rascó el cuello y miró al cielo un instante.
―¿Y en qué consiste?
―Si quieres algo, debes presentar algo del mismo valor...
Eddy miró su café, lo movió un poco y le dio un trago. De súbito escupió el café hacia un lado.
―Dios, se me ha quedado frío...
―Lo imaginé, jajaja. ―Chloe ríe sonoramente y Eddy la acompaña con una amistosa carcajada.
―Parece interesante todo el mundillo de la alquimia. Lástima que no hubiera seguido el camino en su momento. ―decía Chloe frunciendo el entrecejo.
Eddy puso la mano sobre la taza, y un rayo de luz azul la inundó. De nuevo su café despedía un suave humo caliente cargado de aromas. Chloe sonrió... maravillada.
―Aún no tienes nada perdido... todavia puedes aprender. Ya lo verás ―dijo Eddy con una mueca divertida.
―Bueno... pero llevo mucho tiempo desperdiciado y sin llegar a nada. El único ejercicio mínimamente mental que he hecho estos años ha sido leer libros, y no precisamente de estudio.
―Bueno, una mente madura comprende mucho mejor que una mente inmadura. Además, te explicaré lo que no sepas. Te llevo veinte años de ventaja ―Eddy sonrió.
Chloe bajó la mirada y apartó su taza a un lado, pensando en aquella propuesta. No es que fuera algo que quisiera tomarse a la ligera pero, ¿realmente tenía motivos para decir que no? Quizá la alquimia había... no, quizá ELLA había nacido para la alquimia. Y tras años de haber huido de su desconocido misterio, había vuelto a su encuentro. Quizá Eddy fuera su motivo, o quizá la alquimia fuera el motivo por el que encontrar a Eddy. Oh, ¿qué más daba? No entendía nada... sólo quería que las cosas cambiaran. Y ese cambio, había sucedido de pronto. La intriga y el interés por las cosas que él le contaba había devuelto su sed de conocimiento en un sólo día.
―Fíjate... ha parado de llover ―dijo Eddy, tratando de conocer los pensamientos de la joven.
―Eddy... creo que me encantaría aprender alquimia contigo ―dijo con una cordial sonrisa.
El rubio sonrió y le dio el último trago a su café.
―Bueno, entonces, ¿qué te parece mañana?
―Hmmm... bien, haré un hueco. ―dijo ella, y automáticamente se quitó de la cabeza ir al barrio andaluz, donde tenía pensado comprar algunos adornos y flores. Esto... era mucho más importante.
―¿A qué hora puedes?
―¿Después de comer? Tengo turno de mañana. ―dijo ella con media sonrisa.
―De acuerdo, iré a recogerte al trabajo. Podríamos comer algo en mi casa, si quieres. ¿Te parece bien?―preguntó Eddy.
―¡Claro! Como quieras. Iré sin comer, pero luego no me vayas a matar de hambre ¿eh? ―bromeó Chloe con una carcajada amistosa mientras cogía su bolso. ―Entonces... nos vemos mañana.
Chloe, con una sonrisa, depositó unas monedas en la mesa para pagar los cafés.
―Ni se te ocurra. ―dijo Eddy. ―A esta, invito yo.
Eddy se levantó de la mesa y le dio un beso en la mano, mientras la miraba fijamente a los ojos. Chloe no pudo evitar sonreir... ni ruborizarse.
―Hasta mañana, entonces. ―Eddy le muestra una sonrisa enorme.
―Hasta mañana. ―dijo ella correspondiendo a aquella encantadora sonrisa.
Para Eddy, oir esas dos palabras le producía una sensación cálida, y no podía esperar al momento en que volviera a verla... Tantas cosas que explicarle, tantas cosas que hablar... No, mejor que hablara ella. No, él también tenía tanto que contar... Ojalá el tiempo pasara veloz y se le quitara esa angustia, medio positiva medio traicionera.
El joven se encaminó a salir por la puerta, no sin antes darle un billete a Jerry y comentarle un «Hasta mañana, Jerry, quédate con el cambio»
Eddy emprendió el camino hasta su casa, mientras en su mente seguía una imagen clavada... la imagen de esos enormes ojos verdes...
Había una chica que contemplaba, de lejos, los carteles que aquel tal profesor colgaba por la ciudad. Caminó despacio a lo largo de la calle cuando el joven se alejaba, arrancó uno de los carteles y lo guardó en el bolso. Supiró y hundió sus pensamientos en un profundo silencio, acompañado de un estremecimiento al sumergirse en algunos recuerdos.
La atmósfera era húmeda y había cierto bochorno en el ambiente. Llevaba así varios días, pero no parecía descargar nunca. Era como si la ciudad se hubiese sumido en un nubarrón de aguas muy frías, de angustias muy cálidas... Como el nubarrón que se cernía en la mente de la joven.
Otro día más... no, esta vez las cosas cambiarían.
Mientras tanto, Eddy seguía colgando carteles. Tenía el pelo rubio y corto, peinado a la moda de la ciudad, y su apariencia era bastante juvenil... realmente se conservaba bastante bien.
Levantó los brazos para colgar uno de los carteles en un poste muy alto, que daba a los escaparates de una boutique. Su cuerpo no era muy musculoso, pero estaba bien denominado; llevaba una chaqueta vaquera sin mangas, con una camisa blanca debajo, también sin mangas; y unos desgastados pantalones vaqueros, con un cinturón y unos zapatos marrones que combinaban perfectamente.
La chica seguía alli, contemplando sin nada que decir a Eddy. Se quedó quieta, como hipnotizada o perdida entre sus pensamientos... mirando cómo seguía colgando los carteles uno tras otro y entonces se fijó en sus claros ojos. Tenían cierto misterio... parecían haber visto mucho dolor. Sin embargo, tenían cierta chispa que los volvía a penas verdes... como la propia esperanza. Un optimismo que era real y se podía tocar... Pero sólo era un efecto óptico.
La chica dio unos pasos para apoyarse junto a un escaparate de una tienda de pasteles, y antes de volverse, echó un vistazo a su reflejo y se pasó los dedos por su largo y oscuro pelo, para colocar mejor el flequillo que cruzaba su frente. Su piel era muy clara a contraste con ese oscuro pelo. No era ni muy alta, ni muy baja; tenía un cuerpo bien constituido para sus recién cumplidos veinte años...
Sus ojos eran grandes, era quizá lo que más destacaba de su cara. Tenía una mirada profunda, un toque místico con aquellos ojos que cambiaban de color... y recitaban toda la gama completa que existiera de los verdes.
Tenía cara de niña y de mujer a la vez, todo dependía de aquella mirada, del juego de sus labios, de la inquietud de su cuerpo. El viento sopló y se cruzó de brazos, protegiéndose del frío.
No quería irse, pero...
Eddy se quedó sin carteles, había cubierto toda la barriada. Así que decidió volver a su casa, que se encontraba dos manzanas más abajo. Vivía en un pequeño ático que estaba compuesto por una sola habitación, que a su vez hacía de dormitorio, comedor y salón. Lo único que estaba independiente era el cuarto de baño, en una habitación pequeña de la esquina, y la cocina, que realmente sólo estaba cubierta por un medio muro hecho de cristal.
A pesar de vivir en un lugar tan modesto, su casa era uno de los lugares más acogedores de la ciudad. Quizá... quizá porque su casa reflejaba tal y como era su personalidad.
Puede que fuera sencillo, puede que no estuviera cubierto de lujos y apariencias... pero transmitía sensaciones, vivía emociones, compartía su mundo... Y te hacía estar en casa.
Simplemente, Eddy se limitaba a coger la vida de frente, y simplificaba las cosas. Necesitaba conocer la situación, estudiarla y controlarla. Así su vida se hacía mucho más sencilla, y los problemas eran auténticos retos de superación para él.
Abriendo al mundo sus conocimientos, lo que más apreciaba en la vida... su... Alquimia, era una forma de salir de su burbuja y conocer otros puntos de vista. Instruir mentes, conocer mentes, aprender... Y, de paso, salir de sus no tan modestos problemas económicos.
Pero se tomaba la vida con calma, no vivía los días nunca de la misma manera. Su rutina era la anti-rutina, y eso le encantaba. Imaginaba la vida de la forma que le gustaría que fuera... y vivía como si así fuese. De hecho, ese era uno de sus cánones. Que, como rige la alquimia y todo su universo, la mente lo controlaba todo... y como buen controlador de sí mismo y de su propia vida, ¿cómo iba a faltarle tal capacidad? ¿tal... PODER?
Poca gente tenía esta creencia... y amargamente pensaba a veces que tenían razón. Que a veces no era fácil... creer. Pero eso es porque a veces olvidamos quiénes somos... para convertirnos en personas que no queremos ser.
De todos modos, normalmente no acostumbraba a disgustarse por estos pensamientos. De hecho, pocas cosas lo conseguían. Una de sus mayores características era que... ¿pasaba de todo? Sí, realmente era un personaje peculiar, puesto que no le daba importancia a nada que no mereciera especial atención. No hacía dramas, no desencadenaba comeduras de cabezas ni entramados laberintos mentales. No, como digo... si no lo merecía. ¿Para qué preocuparse de problemas tan triviales... que no tenían solución? Había días en que se comería el mundo. Muchos días... su optimismo estaba bañado en oro, y su presencia brillaba a cada paso que avanzaba en su vida.
La chica salió de su ensimismamiento, y miró el reloj. Se percató de que se había quedado sola en la calle y que el gentío se había marchado a sus negocios, sus trabajos y ocupaciones. Era aún muy temprano, pero si no se movía podría acabar sin sus propias ocupaciones, así que salió a pie ligero de aquella avenida en dirección a su trabajo.
Se encontraba en una calle muy pequeña y poco concurrida. El antiguo suelo adoquinado estaba cubierto de viejos papeles de propaganda y algún que otro charco. Ni el demonio pasaría por allí tan temprano... pero había que abrir.
Llevaba trabajando en aquel local desde los diecisiete años. Lo que venía a ser desde que se había independizado. Trabajaba como mensajera llevando paquetes y mercancías de aqui para allá. No ganaba demasiado, pero sí lo suficiente como para mantenerse a sí misma. Además, aunque muy harta de ese trabajo, el dueño de aquel lúgubre local le tenía cogido cariño desde hacía años. No le agradaba mucho lo que hacía, pero no conocía... otra cosa.
Y realmente... no estaba tan mal. Viajaba mucho y conocía a mucha gente.
Tenía muchos amigos, pero la mayoría vivían lejos de allí...
A veces soñaba con irse muy lejos y encontrar su verdadero hogar. Pero daba lo mismo donde estuviera, su hogar estaría donde hubiese un poco de calor... y las personas que ella quería.
―¡Chloe! Qué temprano, ¿ya vas a abrir? ―una vecina que vivía dos calles más abajo se había acercado con hocico fisgón hasta donde se encontraba ella. ―¿Siempre abrís a esta hora? Y oye, por cierto... ¿qué ha sido de esa amiga tuya... hmm... Sinead, no es cierto? ¿Ha cambiado de trabajo?
Chloe, que así se llamaba la chica, hizo una mueca y no supo qué contestar. Ni siquiera había abierto la boca para saludar lo más educadamente posible cuando esa mujer la había atropellado con... como cuatro o cinco preguntas en un momento. Se imaginaba que pasaría... que sería cuestión de tiempo que la gente empezara a hablar.
―Pues no, señora Mina... ―sonrió a duras penas― no sabemos nada de ella, simplemente abandonó y nos está costando un poco recuperarnos. Como ve, no hay muchos que se atrevan a aceptar un trabajo como este ―estuvo a punto de citar los detalles “mal pagado”, “peligroso” y “desalentador”, pero prefirió cerrar la boca a sabiendas de que no sería la única persona que lo acabaría sabiendo.
―Pero algo le ha debido de pasar ¿no crees?... ¿Tenía novio? A veces le veía con un señor apuesto, pero era algo mayor para ella... además no era la única chica que vi con ese hombre, ya que...
―Me encantaría seguir charlando con usted, pero me temo que tengo mucho trabajo y muchos paquetes por clasificar ―volvió a esbozar esa triste sonrisa forzada― todos estamos preocupados por ella, además... era una de mis mejores amigas y...
Pero la señora Mina ya no la escuchaba, estaba absorta en sus cotilleos y algunas vecinas del lugar se habían sumado a la charla.
Cansada de la nimiedad de sus comentarios, entró en el local sin decir nada, ya que nadie notó que se había escabullido tras el tintineante sonido de las campanillas que había encima de la puerta de la oficina.
Eddy había estado comiendo en la terraza de un bar que había abajo de su casa. Una vez hubo pagado, se levantó y arrimó la silla a la mesa, absorto en la cantidad de cosas que no tenía que hacer. Lo cierto es que llevaba una temporada inmóvil... Como si su tiempo se hubiese parado, y sólo podía esperar a que las circunstancias... se acomodaran a los hechos. Era como si no hubiese tenido una buena mano de póker, y ahora tuviera que esperar a la próxima partida. Pero el destino era lento, y la jugada se estaba retrasando... lo que le acababa volviendo loco, ya que no soportaba la espera. Se acomodó las manos en el bolsillo de la chaqueta, y notó el tacto arrugado del papel. Se acordó que debía de enviar una carta a un viejo amigo, y guió su rumbo hacia la oficina de mensajería.
El cielo ya no estaba tan encapotado como aquella mañana, una suave brisa descendía ligera y perfumada por las calles de Sevilla y a lo largo del mediodía se había ido coloreando el cielo de un tono más azul. Pronto los naranjos estarían en flor... y traerían los aromas del azahar y sus bellos matices blancos, sus pétalos adornando los árboles de cada avenida. Pronto las nubes se desvanecerían de su día a día... y sería momento de emprender planes nuevos.
Pero aún era invierno, y el futuro era incierto.
Tras andar unos minutos, llegó a la puerta del destartalado local. Y es que... realmente estaba hecho un asco. Tenía algunos tablones pegados a un sucio escaparate de una pared desconchada y llena de mugre. La pintura se caía a pedazos... y los canalones que había por encima del edificio estaban atascados y llenos de hojas y polvorosa suciedad.
El joven rubio cruzó la puerta mientras sonaba el pequeño ruido de unas campanas colgadas en el techo. A paso firme y decidido, aunque escudriñando un poco antes a su alrededor, se acercó al mostrador.
―Buenas tardes ―dijo la calmada voz del rubio.
Chloe salió de un pequeño despacho donde estaba esperando a su jefe, y entonces reconoció a su cliente. Era el mismo enigmático profesor de alquimia que había visto esa misma mañana... y por fin podía observar aquellos ojos de cerca.
―Buenas tardes ―le atendió con una sonrisa. Realmente estaba disfrutando de aquel encuentro...― ¿En qué le podría ayudar?
―Eh perdone... querría enviar esta carta. Es urgente.
―Claro... ―frunció el ceño y cogio la carta y la miró. Mas no veía el arrugado sobre, sino que estaba pensando... ―pero tenemos un pequeño problema.
Eddy giró su cuello para ver por detrás de la puerta. Hacía un día primaveral, la brisa apacible seguía removiendo las hojas de los árboles y en la calle se estaba totalmente apetecible.
―¿Qué problema? ―inquirió él.
―Mi superior no ha aparecido en toda la mañana y no puedo localizar otros carteros... Hoy la cosa está un poco caótica―sonrió tímidamente y se mordió el labio inferior― Podría ir a enviarla yo misma ya que es de urgencia, aunque esto se iba a quedar solo.
―Bueno... esta carta esta dirigida a Londres. ―dijo Eddy mientras la miraba con una ceja levantada, ella contemplaba con inquietud el polvo que se arremolinaba en los rincones del local...
―Oh, bueno... ―La chica no había reparado en la dirección del destinatario.
―¿Es capaz de llegar alli en el tiempo antes de que cierre el local? ―dijo con tono divertido.
Chloe empezó a reir y descargó parte de la tensión que tenía acumulada mientras Eddy soltaba también una pequeña carcajada simpática.
―Si esperas un segundo, puedo intentar llamar alguien ―y dicho esto, Chloe se metió en el despacho con la carta de Eddy en la mano, no sin antes dedicarle un discreto guiño al chico.
Eddy siguió sus pasos con la mirada... y susurró para sí mismo: «Dios... qué ojos...»
Chloe comenzó a marcar el número de Augusto, su jefe. Menuda iba a ser la reprimenda... Aunque ella era sólo una empleada más, a veces parecía que tenía que resolver ella sola los problemas de aquel desastre de oficina...
Al salir de nuevo del despacho, frustrada por la ausencia de aquel hombre que sólo ostentaba el nombre de Jefe (porque las funciones... parecía que se las pasaba por alto) puso la carta de su cliente en el mostrador...
―No me contestan... Dios, no sabes cuánto lo siento. Esta oficina es un desastre. ―Resopló y se echó el pelo hacia atrás con la palma de la mano y apoyó los codos en el mostrador de madera.
―Tranquila. Puedo esperar ―dijo Eddy con el semblante tranquilo y le sonrió.
Chloe se fijó en esa sonrisa... y bajó la cabeza, pensando en posibles soluciones. Realmente le importaba hacer bien su trabajo, y no soportaba la idea de defraudar a nadie. Siempre había sido entregada en su trabajo, pero... esto ¿tenía algo diferente? ¿había realmente algo en ese chico que le hiciera preocuparse aún más? Desechó esas ideas de su cabeza, decidida a centrarse en que había un problema, y dicho contratiempo podía arruinar los planes de aquel cliente. La culpa podría ser, perfectamente, de ella misma. Y esa no era la política de su trabajo...
―Bueno... ―Eddy rompió el silencio y ella temió que fuera a marcharse.― y si esto es tan desastre... ¿por qué trabajas aqui?
Ella no contestó enseguida, reflexionó sobre su pregunta. Esa misma que ella a veces se preguntaba muchos días. Y escogió algunas palabras que no le parecieron suficiente...
―Bueno, digamos que esto es un segundo hogar... ―dijo no muy segura― Llevo trabajando aqui casi tres años y nunca me he planteado buscar algo mejor. ―suspiró ― bueno, como plantearmelo... está ahí. Pero realmente uno no se deshace de algo tan grande en dos días. Como ya digo, es un hogar... aunque cada vez más destartalado.
―Ya... no está en las mejores condiciones. Veo que hay pequeñas grietas por aqui... ―Eddy miró la pared de su izquierda, que tenía una profunda y preocupante gran grieta.― pero todo esto tiene solución...
En ese momento, un hombre robusto de unos casi cincuenta años y de un peso algo elevado, entró jadeando a la tienda. Llevaba un fajo enorme de desordenados papeles en una mano, y un gofre recubierto de melaza en la otra.
Los documentos que llevaba en la mano izquierda se iban cayendo a su paso, pero parecía importarle más que se derramara el contenido de su dulce. Eran cartas, grandes sobres marrones, permisos del negocio y documentos firmados. Todo estaba en muy mal estado y tenía varias manchas de café y de chocolate... Eddy se preocupó un poco por el estado de su carta, y si llegaría algún día a su destino.
―¡Al fin! ―exclamó la morena mirando con reproche a Augusto, el hombre que acababa de entrar en la oficina.
―Oh, buenas tardes. ―Saludó educadamente Eddy.
―Perdóname, niña. No sabes cuánto lo siento... ―soltó todos los papeles y se secó el sudor de la frente con la manga ―hace un día muy caluroso... ¡oh! Buenas tardes, discúlpeme. ¿Está bien atendido...?
―Por desgracia no, y no por falta de voluntad... ¿se puede saber dónde has estado? ―Chloe, con el ceño fruncido, apoyó el brazo en el mostrador de manera intimidatoria mientras Eddy contemplaba la discusión de aquellos dos personajes.
―Eh... no es el momento de hablar de eso. Tenemos clientes ―sonrió al desconocido de su tienda. ―Buenas tardes ―saludó de nuevo. A veces no recordaba las cosas que había hecho y las hacía una y otra vez. Chloe a veces pensaba que quizá se olvidaba de que había almorzado y pasaba días en los que almorzaba hasta siete veces. Pero eso eran pensamientos un poco crueles... que no dejaban de ser divertidos, a juzgar por la oronda barriga de su jefe.
―Buenas tardes, yo solamente quería... eeehm... ―Eddy casi se olvidaba de lo que quería por culpa de esa chica... Esos ojos... ―Ah, entregar esta carta.
―No te preocupes ―le sonrió la chica, que cogió con cuidado la carta, salió de detrás del mostrador y fue a explicarle, con cierto recelo, la situación en la que estaban a su jefe.
Eddy se quedó donde estaba y les miró susurrar y hablar con preocupación. Se rascó la cabeza con inocencia...
―Así que Londres... ¿¿eh, muchacho?? ―dijo Augusto rascándose su mal afeitada barba.
―Un viejo conocido es de allí ―dijo Eddy. Augusto se siguió rascando la barbilla de su pintoresca cara redonda... ―Supongo que podría coger un barco hasta allí... o incluso un avion, ¿no?
―Hmmm... ―Augusto seguía pensando. ―voy a llamar a la central.
Entonces desapareció rápidamente metiéndose en su despacho. Intentó cerrar una puerta que... no había. Siempre se olvidaba de que tenían una breve cortinilla porque el presupuesto no daba para más. Un día él mismo se había cargado aquella puerta con una de sus torpes manazas.
Chloe suspiró.
―No le hagas caso. No hay central... ―rió con timidez.
Eddy empezó a reirse sonoramente, asombrado por aquellos extraños personajes. Su risa la contagió a ella aún más y ambos se miraron risueños.
―Haremos lo que podamos. ―dijo la chica aún entre risas.
―Ah, como te dije antes de que llegara tu jefe... ―Eddy empezó a rebuscar en los bolsillos de su chaqueta.― las grietas de este lugar tienen arreglo. Observa...
El rubio sacó una pequeña tiza blanca del bolsillo ante la mirada perpleja de la chica. En un punto medio de la grieta, creó un círculo, y en su interior dibujó numerosos trazos delimitados por una estrella de seis puntas.
Chloe frunció el ceño y se acercó más a contemplar aquel extraño símbolo.
―Esto se llama Círculo de Transmutación. Ahora, fíjate...
Eddy apoyó su mano sobre el círculo, y de él emanó una brillante luz azul. El joven contempló cómo esa luz se extendía por toda la grieta, haciéndola desaparecer gradualmente. Cuando no quedó rastro de ella, sonrió.
―Alquimia...
Chloe lo miró entre asustada y maravillada. Realmente, se había quedado sin palabras.
»¿Tienes miedo? ―él arrugó la frente. ―¡¡Tranquila!! Es totalmente inofensivo... No soy ningún mago ni nada de eso.
Eddy se rascó la cabeza sonriendo y vio que la chica no sabía o no podía decir nada.
―Es sólo una ciencia que... se basa en conocer los elementos y átomos de lo que nos rodea, y aprender a descomponerlos, para luego recomponerlos en algo nuevo.
Chloe, intentando capturar y comprender aquellas palabras, se sorprendió de nuevo contemplando aquella embriagadora sonrisa... y asintió con la cabeza.
Se cruzó de brazos y se quedó mirándolo, pensativa...
―Parece interesante... ―a penas susurró ella.
―Bueno bueno. ―Augusto hizo su entrada de nuevo en la oficina.― ¿qué es eso tan interesante? ―inquirió Augusto, curioso y divertido. ―Muchacho, ya tenemos mensajero.
Augusto sonreía desde su deleitosa felicidad tras sus ojos entrecerrados. Eddy guardó la tiza en el bolsillo de su chaqueta.
―¡Me parece bien! ―dijo el rubio― ¿Quién lo hará?
―He localizado a una vieja amiga de Chloe, Sinead ―dijo el enorme hombre, sacando pecho (si es que podía sacar más).
Chloe giró rápidamente el cuello hacia su jefe al oir ese nombre. Tanto, que se hizo daño..
―¡¿Cómo y dónde la has encontrado?! ―dijo exaltada. Eddy miraba de nuevo aquel intercambio de diálogos intrigado.
Augusto sonreía mientras cogía la carta de su joven cliente. Pero no dijo nada.
―¡Por todos los santos! ¡qué tarde es! ―el hombre se atusó el bigote mientras miraba un destartalado reloj que habia en el centro del local y dio unas zancadas hasta la puerta.
―¡Espera, espera! ―demasiado tarde, su jefe habia desaparecido de la tienda con la carta... Y ella se había quedado allí de pie sin respuestas.
―¿Qué pasa? Sinead... ¿quién es? ―preguntó Eddy confuso a la vez que intrigado por aquella reacción en ella.
―Este reloj ni siquiera funciona desde el mediodía... ―acercándose al gran reloj, le dio unos golpes frustrados con la palma de la mano, pero no logró nada. Eddy esperó.
»Es una amiga mía de hace unos años. Trabajaba aqui conmigo, pero hace mucho que no se sabe nada de ella. Desapareció... sin más.
―Pues parece que tu jefe sí que lo sabe... ―dijo él sin alzar demasiado la voz. ―Por cierto, encantado de conocerte, Chloe... Mi nombre es Eddy.
Eddy sonrió y cerró un poco los ojos de forma cortés. Chloe lo miró divertida y sonrío también, miró al suelo un instante, y dirigió de nuevo su mirada hacia sus claros ojos.
―Encantada pues. ―dijo la morena. Él le tendió la mano y ella la aceptó sonriendo, con intención de estrecharla.
Eddy le besó la mano, y ella reía divertida ante su cortés gesto. Entonces... con una ceja alzada y media sonrisa, le examinó de forma especial.
―¿Sabes...? Te vi esta mañana. No sabía que hubiera alquimistas en esta ciudad, ni mucho menos que impartieran clases. Lo cierto es... que me ha impresionado bastante lo que has hecho en las grietas... me has traído a la memoria recuerdos en los que me costaba pensar...
―¿Qué clase de recuerdos?
―Tiene una historia muuuuy larga, y no quisiera aburrirte ―sonrió la chica abiertamente entrecerrando uno de sus ojos. Entonces se volvió hacia el reloj de nuevo y se llevó una mano a la cabeza ―Habría que arreglar este viejo reloj... no es muy profesional tener un reloj averiado en una oficina de correos.
―Déjamelo a mí ―Eddy posó las manos sobre el reloj y, sin hacerle falta ningún círculo de transmutación, el reloj se bañó instantáneamente de un resplandor azul y luego comenzó a funcionar. Con una sonrisa tranquila en el rostro, concluyó: ―Está hecho.
―Vaya ―Chloe sonrió, esta vez sin asustarse. ―Eres bueno...
―Gracias ―dijo con aquella sonrisa. ―Bueno, estoooo... Supongo que entregada la carta... pues yooo... ―comenzaba a ruborizarse.
Chloe borró sin querer su sonrisa... y apresuradamente dijo:
―Eh... ¿y qué te parecería si vamos a tomar algo...? ¿Un café? Cierro turno... ―soltó ella mordiéndose el labio.
―Pues... bueno... me parece fenomenal ―dijo Eddy con media sonrisa.
Chloe cogió su bolso y las llaves del local. No se creía el acopio de seguridad (¿o era algo impulsivo?), que había hecho. Eddy esperó fuera mientras cerraba y contempló el cielo. Observaba que estaba totalmente despejado, pero sabía que...
―Date prisa, va a caer una tormenta...
Chloe algo nerviosa, salió a la calle notando la apacible temperatura.
―¿Tormenta? ―Chloe miró al cielo perpleja y no pudo evitar reir un poco. ―Está todo despejado, hace un día perfecto ―sonrió.
Eddy sólo sonríe...
―Será mejor que nos demos prisa, ahora lo verás. ―decía él con cierta prisa. Chloe, aún perpleja, asintió lentamente.
»Sígueme, podemos ir a una cafetería muy buena que conozco, y esta bastante cerca...
―Como quieras.
―¿Te parece bien? perfecto, vamos.
Chloe se puso en camino, aunque era difícil ya que Eddy caminaba a un paso bastante acelerado. Estaba resultando ser una persona bastante peculiar... y le intrigaba en medida de lo que le atraía y asombraba su forma de ser. Un par de manzanas más adelante, se metieron en una luminosa cafetería de una esquina.
―Eh, Jerry, ¡¡¡traeme un café irlandés!!! ¿y para la señorita...? ―le miró, con esos ojos. Con esas pestañas que le daban aquel toque encantador...
―Eh, un café cortado... ―dijo ella a duras penas.
―¡Un cortado de café! ¡¡¡Rápido!!! ―apremió él.
Eddy vio cómo Jerry le saludaba formalmente e inmediatamente le traía los dos cafés.
―Vaya, ¿vienes aqui a menudo por lo que veo, no? ―dijo ella contemplando las mesas y el reluciente suelo del café.
―Sí, soy un cliente habitual.
Eddy se sentó al lado del gran ventanal que daba a la calle, en una pequeña mesa para dos y Chloe le siguió enseguida y se sentó enfrente de él. Los ojos verdes de la chica estaban muy claros, lo que siempre significaba que estaba algo nostálgica. Contempla el claro cielo del exterior y la suave brisa que se estaba levantando...
Eddy la miró, y después dirigió su mirada también hacia el exterior; comenzaba a ver las primeras gotas caer sobre el cristal, mientras empezaba a ennegrecerse el paisaje.
―Las tormentas comienzan de un momento para otro. Su extrema rapidez es increíble... ―dice él, volviendo la vista hacia su café.
―No es posible... ―Chloe seguía observando fuera, cómo el paisaje era cada vez más gris. De pronto, se oyó un lejano rumor que proclamaba tormenta...
Entonces se empiezó a escuchar el sonido del agua caer violentamente sobre las ventanas y el asfalto, y el sonido de unos estruendosos truenos en el fondo.
―Lo que te dije... la tormenta viene sin avisar. Como el sufrimiento y el llanto del mundo... ―sonrío, y mantuvo una pequeña y corta pausa. ―bueno, ¿y qué tienes que ver con la alquimia?
―Pues... ―Chloe suspiró despacio mientras Eddy le daba un trago a su café― verás. Mi padre era alquimista... un alquimista de los grandes. Pero era... demasiado soñador. Siempre pensaba que había una forma de hacer cosas, conseguir cosas, como si realmente hiciera magia. Y como si no le costara ningún esfuerzo.
―Aham... ¿y dónde está tu padre ahora? ―Eddy pensó que, si había sido un alquimista portentoso, quizá hasta le conociera... ¿Y si el destino hubiese querido crear este encuentro? ¿Y si esta no fuera una simple chica... entre tantas otras de su lista?
―No sé nada de mis padres, perdí el contacto supongo.
―Oh, lo siento...
―Algunas veces le pregunto a Augusto si los ve bien... él es un viejo amigo suyo, ¿sabes? ―le sonrió brevemente. ―los defraudé, porque mi padre quiso inculcarme los conocimientos de la alquimia, y yo los renegué. Nunca me he sentido capaz...
Eddy agachó la cabeza, miraba fijamente a su café.
»No quise estudiar algo que me diera miedo, ¿comprendes? Algo que no entendía... ―bebió un sorbo de su café, que llevaba por la mitad. ―así que me marché de casa, y aquí estoy... ―dijo sonriendo con cierta timidez. Realmente se sintió idiota contándole todo aquello... ya que la apariencia de su historia era bastante absurda. Pero a veces... a veces el mundo no te da tiempo a pensar, y actúas... lo más rápido posible, para no tener tiempo de arrepentirte por no haberlo hecho. Así había sido, por ejemplo, cuando había invitado al chico a tomar un café. Los impulsos a veces nos salvan del resquemor de no haber hecho lo que en ese momento más deseábamos... Pero esas cosas estaban en el corazón, y si no las habías vivido... no las podías explicar.
Eddy le sonreía tranquilizadoramente.
―¿Sabes? Quizás fuera una decisión estúpida, pero lleva grandes cantidades de cordialidad.―dijo él, totalmente en serio.
―Sí, bueno... a veces me arrepiento, ¿sabes? A veces me gustaría haber afrontado el miedo. Por mí misma. Como reto personal.
―Bueno... puedes conseguir ese reto. ―dijo él. ―Me has visto colgar carteles... ¿qué tal si vas a mis clases? No son muy caras...
―Pues... ―Chloe no sabía muy bien qué pensaba.
―¡Pero qué digo! Bueno, siempre que quieras, aqui me tienes... ―dijo Eddy. ―Para ti, mis conocimientos son gratis ―le sonrió amistosamente.
La tarde transcurría apaciblemente en aquel acogedor café, con la lluvia de fondo, una buena compañía... una agradable y amena conversación. Era genial coger esa confianza con alguien de aquella forma.
»Mira... la alquimia es muy básica, pero muy complicada a la vez...
―Imagino... ―Chloe apoyó el codo sobre la mesa mientras se pellizcaba la ceja derecha entre los dedos índice y corazón.
―Realmente llevo cerca de veinte años estudiando alquimia ―dijo Eddy, y por un momento a Chloe se le pasó por la cabeza preguntarse cuántos años tendría él. O cuántos aparentaba... ―y todavía me quedan muchos secretos que descubrir y que irán saliendo... Si no, no sería una ciencia.
―Pareces un chico joven, ¿veinte años estudiando? ―Chloe había esperado a la pausa para resolver sus dudas.
―Leí mi primer libro de alquimia a los seis años, y mis primeras transmutaciones comenzaron a los... ocho.
―¡Anda! Un chico precoz... ―sonrió ella mirándole con interés. ―Debes llevar una vida interesante...
―No lo creas. ―dijo Eddy. ―Me he pasado años convirtiendo pequeñas piedras en absurdas figuras rudimentarias. Para convertir unas cosas en otras todavía me hacía falta estudiar bastante sobre la vida... y sobre la Ley de Intercambio Equivalente.
―Ajá... de eso, algo he leído.
―Es una ley bastante universal, no sólo está aplicada a la alquimia. ―Eddy se rascó el cuello y miró al cielo un instante.
―¿Y en qué consiste?
―Si quieres algo, debes presentar algo del mismo valor...
Eddy miró su café, lo movió un poco y le dio un trago. De súbito escupió el café hacia un lado.
―Dios, se me ha quedado frío...
―Lo imaginé, jajaja. ―Chloe ríe sonoramente y Eddy la acompaña con una amistosa carcajada.
―Parece interesante todo el mundillo de la alquimia. Lástima que no hubiera seguido el camino en su momento. ―decía Chloe frunciendo el entrecejo.
Eddy puso la mano sobre la taza, y un rayo de luz azul la inundó. De nuevo su café despedía un suave humo caliente cargado de aromas. Chloe sonrió... maravillada.
―Aún no tienes nada perdido... todavia puedes aprender. Ya lo verás ―dijo Eddy con una mueca divertida.
―Bueno... pero llevo mucho tiempo desperdiciado y sin llegar a nada. El único ejercicio mínimamente mental que he hecho estos años ha sido leer libros, y no precisamente de estudio.
―Bueno, una mente madura comprende mucho mejor que una mente inmadura. Además, te explicaré lo que no sepas. Te llevo veinte años de ventaja ―Eddy sonrió.
Chloe bajó la mirada y apartó su taza a un lado, pensando en aquella propuesta. No es que fuera algo que quisiera tomarse a la ligera pero, ¿realmente tenía motivos para decir que no? Quizá la alquimia había... no, quizá ELLA había nacido para la alquimia. Y tras años de haber huido de su desconocido misterio, había vuelto a su encuentro. Quizá Eddy fuera su motivo, o quizá la alquimia fuera el motivo por el que encontrar a Eddy. Oh, ¿qué más daba? No entendía nada... sólo quería que las cosas cambiaran. Y ese cambio, había sucedido de pronto. La intriga y el interés por las cosas que él le contaba había devuelto su sed de conocimiento en un sólo día.
―Fíjate... ha parado de llover ―dijo Eddy, tratando de conocer los pensamientos de la joven.
―Eddy... creo que me encantaría aprender alquimia contigo ―dijo con una cordial sonrisa.
El rubio sonrió y le dio el último trago a su café.
―Bueno, entonces, ¿qué te parece mañana?
―Hmmm... bien, haré un hueco. ―dijo ella, y automáticamente se quitó de la cabeza ir al barrio andaluz, donde tenía pensado comprar algunos adornos y flores. Esto... era mucho más importante.
―¿A qué hora puedes?
―¿Después de comer? Tengo turno de mañana. ―dijo ella con media sonrisa.
―De acuerdo, iré a recogerte al trabajo. Podríamos comer algo en mi casa, si quieres. ¿Te parece bien?―preguntó Eddy.
―¡Claro! Como quieras. Iré sin comer, pero luego no me vayas a matar de hambre ¿eh? ―bromeó Chloe con una carcajada amistosa mientras cogía su bolso. ―Entonces... nos vemos mañana.
Chloe, con una sonrisa, depositó unas monedas en la mesa para pagar los cafés.
―Ni se te ocurra. ―dijo Eddy. ―A esta, invito yo.
Eddy se levantó de la mesa y le dio un beso en la mano, mientras la miraba fijamente a los ojos. Chloe no pudo evitar sonreir... ni ruborizarse.
―Hasta mañana, entonces. ―Eddy le muestra una sonrisa enorme.
―Hasta mañana. ―dijo ella correspondiendo a aquella encantadora sonrisa.
Para Eddy, oir esas dos palabras le producía una sensación cálida, y no podía esperar al momento en que volviera a verla... Tantas cosas que explicarle, tantas cosas que hablar... No, mejor que hablara ella. No, él también tenía tanto que contar... Ojalá el tiempo pasara veloz y se le quitara esa angustia, medio positiva medio traicionera.
El joven se encaminó a salir por la puerta, no sin antes darle un billete a Jerry y comentarle un «Hasta mañana, Jerry, quédate con el cambio»
Eddy emprendió el camino hasta su casa, mientras en su mente seguía una imagen clavada... la imagen de esos enormes ojos verdes...
Absolutamente genial!Me encanta!!! Por favor, continúala pronto!!!
Por cierto, optaste por la fantasía, no? Así me gusta, yo me ocupo de la realidad y tu de la fantasía ;)
Mi personaje favorito es la señora Mina jajajaja. En serio, mi personaje favorito...Chloe!!!(L)
Jajajaja gracias!!
La tengo abandonadiya T_T pero prometo seguir escribiendo, a ver si me pongo a ello por las mañanas!!
Y sabes que sí... la fantasía es mi género favorito, suele predominar en casi todo lo que escribo! xD
Me alegro de que te guste Chloe ^^
Próximo capitulo muuuy muy pronto!!